Los límites de la experiencia


Tengo la certeza y alguna que otra prueba fehaciente de que los sueños pueden hacerse realidad y de que, una vez que eso ocurre, pedimos, rogamos y hacemos lo imposible para mantenerlos por siempre.


No aceptamos lo efímero de esta existencia: lo efímero del momento que se escapa, de la brevedad de la niñez en nuestros hijos, de la deliciosa vista que se nos oculta al anochecer, o de esa compañía que nunca volverá.

Nos cuesta desapegarnos, decir adiós, asimilar que las cosas se acaban. Esa es una gran asignatura pendiente, la que permite graduarse en la Vida si se supera.


He vivido amores de película, he hecho realidad muchos de mis sueños, he experimentado situaciones maravillosas que jamás hubiese ni siquiera alcanzado a imaginar


Vivimos continuamente en el pasado que ya no volverá. Lo recreamos una y otra vez en nuestra mente, viajando hacia él sin nave ni máquina del tiempo, sólo en esencia, con la consecuente pérdida de lo que está ocurriendo en nuestro presente.

Hay imágenes que nos acompañan allá donde vayamos, aromas de los que no llegamos a desprendernos, pieles que no se separan de la nuestra, latidos que aún sentimos al unísono aunque estén a millones de eones de distancia, convirtiendo esos momentos deliciosos e inolvidables en una fuente de dolor que se ancla al manantial de nuestro pecho, brotando en lágrimas cada cierto tiempo.

He vivido amores de película, he hecho realidad muchos de mis sueños, he experimentado situaciones maravillosas que jamás hubiese ni siquiera alcanzado a imaginar, he querido y me han querido con el alma, he parido al ser más maravilloso del mundo, extensión de mi propio ser, y sé que, incluso ella, un día se marchará.




Somos caducos, en esencia, y todas nuestras experiencias también lo son, pero no por eso debemos cerrar nuestro corazón a la vida. Amar sabiendo que dolerá, sabiendo que se acabará, más temprano que tarde, sin anclarnos al sufrimiento que suponen los finales, es el gran reto en esta vida.

Al hilo de esta reflexión, recuerdo la película “Arrival” -para mí una de las obras maestras del cine actual, en muchos sentidos-  que me dejó un gran mensaje encriptado sobre el Amor. A estas alturas de su estreno supongo que quien tuviera intención de verla ya lo habrá hecho, así que os destriparé algo de su argumento. La protagonista tiene visiones que anticipan acontecimientos en el tiempo y, a pesar de saber que su futuro marido la abandonará y que su hija aún no nata padecerá una enfermedad que le causará la muerte a edad temprana, se arriesga a amar, a vivir la experiencia dure lo que dure.



Para mí, significa una de las mayores lecciones de valentía y corazón: aún sabiendo que se enfrentará al gran dolor de su vida por la inevitable pérdida, se arriesga a vivir la mayor experiencia de amor.


¿Cuántos seríamos capaces de vivir con serenidad, equilibrio y aceptación las experiencias que la vida nos ofrece, con fecha de caducidad incluida?

Eso hace preguntarme en voz alta, ¿cuántos somos capaces de vivir con serenidad, equilibrio y aceptación los regalos que la vida nos ofrece, con fecha de caducidad incluida?

¿Cómo podemos superar el miedo a nuestra propia disolución y, más doloroso aún, a la separación definitiva de nuestros seres queridos, situaciones o lugares familiares?

¿Hasta que punto esto influye en nuestras decisiones y en nuestro enfoque de vida?

Propongo salir del drama de nuestra existencia, atrevernos a comprender, aceptar y vivir desde el equilibrio nuestro tiempo compartido, armándonos por el camino con las herramientas necesarias que nos permitan traspasar el dolor cuando éste llegue, hasta que consigamos dejar de sufrir.

En esta reflexión interna no quisiera dejar de recordar a todas aquellas personas que me amaron, cada cual a su manera, también a las que no supieron amarme pero a quienes quise enormemente, a aquellas que compartieron conmigo su tiempo (mucho o poco), que me dejaron grandes regalos aunque en su momento no supiera verlos, y con los que he aprendido que sólo aceptando lo que no puede continuar es que puedo continuar mi camino.


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